Living in Oneness

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Viernes, 23 de Febrero, 2007
Periódico QueQui QuintanaRoo
Mente Positiva



La mente es como una cloaca III
La belleza de éste proceso

La belleza de éste proceso es que es tan simple, no requiere de esfuerzo y está disponible a todos los que quieran despertar a la gran abundancia de La Gracia directamente de DIOS.
La Diksha es una transferencia de energía, un fenómeno de La Gracia Divina, que crea una apertura a través de la cual tú puedes experimentar los verdaderos deseos de tu corazón:
Amor, Alegría, Paz, Sanación y Unidad con Dios
Directamente y completamente.
El sufrimiento proviene de nuestra resistencia a la experiencia de la realidad tal cual es. Proviene de la ilusión de que existe un “sí mismo” que puede controlar esta realidad. Proviene de un patrón genético de miedo a la muerte que nos mantiene esclavos en una experiencia limitada de realidad. Cuando este sentido de un “yo” fijo y separado muere, es cuando verdaderamente comenzamos a vivir.
La Diksha de la Unidad es una transferencia de energía divina que nos ayuda a salir del conflicto y del sufrimiento, llevándonos a estados de paz interior, gozo, alegría y Unidad.
La Diksha de la Unidad: inicia el proceso de despertar La Presencia Divina en ti, conduciéndote hacia la Unidad. Ver la realidad de lo que eres en cada momento, sanar tu cuerpo, tus relaciones, reconocer la divinidad en la experiencia del presente…
Tú, tu libertad y tu liberación del sufrimiento es lo más importante para mí.


Una experiencia de que le ha recibido la energía del Diksha de la Unidad:
Quiero compartirles la inmensa dicha que siento en estos días..
Lo concreto es que el proceso se manifestó en un estado maravilloso.
Te encuentras ahí con la Divinidad en un Todo-Uno, donde confluyen todas las dimensiones. Donde ves desplegarse toda tu vida, todos los sucesos hilvanados, unidos, como una gota junto a otra en el cause te tu vida y se abalanzan como una catarata. Es asombroso, absoluto, único.
Gracias Inés.

"Aquel que busca aprender sabe más y más...
Quien busca la iluminación sabe cada vez menos
Hasta que las cosas son simplemente lo que son."
Lao Tzu

La mente es como una cloaca III

La mente es como una cloaca – Le colocamos una tapadera dorada, pero el mal olor sale de todas formas. Aunque se extienda por toda la casa, estamos tan ocupados admirando la tapadera dorada que no lo notamos. No sabemos quiénes somos. La tapadera es el concepto que los demás tienen de nosotros, y puesto que es la única manera que tenemos de reconocernos, nos aferramos a ella.

Examinamos las cloacas de nuestra mente. Hasta que un alcohólico no «toca fondo», no puede liberarse de su esclavitud al alcohol. Del mismo modo, si no experimentamos la esclavitud de nuestra mente, ¿cómo vamos a buscar la liberación?

Cuando realmente empecé a toca el fondo de me mente empecé a sentir malestar. Mi persona social comenzó a disolverse y descubrí cómo manipulaba a los demás para conseguir mis propósitos presentándome como una persona bondadosa, afectuosa, inteligente, sincera y espiritual. Observé cómo los juzgaba y me comparaba con ellos, y cómo sentía celos y resentimiento mientras intentaba convencerme a mí mismo de que estaba espiritualmente evolucionado.

Observé mi agresividad y mi rabia, y cómo las reprimía. También observé los conflictos que se producían en mi mente al intentar perdonar, todavía resentido en mi exterior y con sentimiento de culpabilidad en mi interior. Después, contemplé mi necesidad de ser perfecto, especial y único. Me observé a mí mismo poniéndome a la defensiva ante cualquier ataque, real o imaginario, contra la estimada identidad espiritual que había elaborado con esmero durante tantos años.

Comencé a presenciar horrorizado la inmensa locura y «fealdad» de la mente que dicen son las acciones egoístas. Pude verlo incluso en las motivaciones más espirituales. ¿Era una persona bondadosa sólo porque me sentía obligado a ello? ¿Me esforzaba por impresionar a los demás con mi santidad? ¿Los ayudaba por miedo a decir que no? ¿Les ofrecía mi amor para recibir el suyo? ¿Deseaba ser reconocido como una persona inteligente y maravillosa? ¿Me sentía tan vacío por dentro que asistía a cualquier taller buscando alguna experiencia extraordinaria que me pudiera llenar? ¿Hablaba de la muerte del yo sólo como un ladrillo más de mi edificio espiritual? ¿Deseaba controlar por completo mi vida incluso cuando decía que estaba al servicio de lo Divino? ¿Necesitaba alcanzar la iluminación con mis propios esfuerzos para poder colocarme yo mismo una corona sobre mi cabeza?

Me di cuenta de lo pobre y ficticia que había sido mi vida. Comprendí que mi maravillosa personalidad no era más que un robot controlado por mi mente. Entonces, observé que a lo largo de los años había acumulado numerosas identidades y que la peor de todas era la espiritual. Era un maestro y sanador espiritual. Era sensible y compasivo. Era una buena persona. Tenía la misión de curar al mundo. Era inteligente, afectuoso y profundo. Me había identificado tanto con esta imagen de mí mismo que todas mis identidades se habían convertido en máscaras. Me encontré protegiendo esta imagen para evitar que alguien mirara a través de ella y descubriera mi yo vulnerable o indeciso, enfadado o lascivo, antipático o temeroso, ordinario o superficial, deprimido o tímido.

Contemplé mi desesperada necesidad de aprobación, aceptación y amor. Me di cuenta de cómo devoraba todo lo que había a mi alrededor para poder sobrevivir. Cuanto más cantidad y más grande, mejor. Comprobé lo cierto que esto era para mí, tanto a nivel material como espiritual. Me di cuenta de cómo disfrazaba mis vicios para convertirlos en virtudes. Mi miedo a los demás se transformaba en necesidad de «soledad». Cultivaba la «humildad» porque no tenía valor para enfrentarme a los abusos. «Amaba» porque tenía miedo de quedarme solo. Tenía la misión de «salvar al mundo» porque no había ningún otro planeta donde ir. No pude encontrar amor en ningún lugar, y entonces reconocí lo poco afectuoso que era y lo vacío que estaba mi ego.

Comprendí que en realidad no me gustaban los demás. Me relacionaba con ellos sólo por lo que me pudieran dar, ya fuera amor, objetos materiales, dinero, reconocimiento u oportunidades para avanzar en mi camino. Quizá me decían algo agradable o me daban la oportunidad de demostrar que era mejor, más inteligente, avanzado o afectuoso que ellos, o que estaba mejor informado. Quizá me sentía iluminado por su luz porque realmente no confiaba en la mía.

Comprobé que no dejaba de compararme con los demás y que dependía de la opinión que tuvieran de mí y de si me consideraban bondadoso, atractivo o merecedor de amor. Además, tenía que mostrar mi mejor rostro continuamente. Había perdido la espontaneidad, la inocencia infantil y la capacidad de vivir en armonía con mi alma. En realidad, dudaba de que me hubiera encontrado con esta última alguna vez. Lo único que sabía es que estaba encerrado en un laberinto espiritual.

De repente, el proceso se aceleró. Mi mente, temerosa de perder su identidad, comenzó a generar versiones cada vez más horribles de sí misma. A continuación, sufrí una profunda depresión, autocompasión, paranoia y dolor al alimentar desesperadamente mi ilusión como si fuera lo único real. Me encontré a mí mismo reviviendo el trauma del «pecado original» de mis años de adolescencia. No era más que un gusano arrastrándome por el suelo, merecedor sólo de sufrimiento. En realidad, este era lo único que me redimía, y cuanto más sufría, más me liberaba. El sufrimiento se convirtió en el significado último de mi vida.

Fui incluso más allá hasta llegar a los fantasmas de mi infancia. Mis necesidades no importaban, sólo las de los demás. No existía por mí mismo. No era nada. Me sentía impotente y vacío. De repente me di cuenta de que todos mis esfuerzos por alcanzar la iluminación tenían su origen en el deseo de llenar este vacío.

Y entonces, se acabó. Había llegado al fondo del cubo de basura. No había nada más que mi mente pudiera sacar y me quedé dormido.

Durante todo este proceso sentí una enorme ola de alivio cada vez que tenía una realización. Me sentí aliviado al salir de mi agujero de autocompasión, al quitarme las máscaras de mi ego espiritual y al ver la fealdad de mi mente y poder dejar de seguir luchando. Comprendí que la lucha no era más que un intento de convencerme a mí mismo de que era bueno en contraposición a alguien o algo que pudiera identificar como malo. Proyectaba sin cesar todo lo malo en los demás, en las circunstancias externas o en aspectos oscuros de mí mismo que formaban parte de mi «yo subconsciente».

Cuando presencié toda mi fealdad, pude finalmente aceptar la realidad. Ya no me daba miedo. Ya no necesitaba resistirme a ella, y ni siquiera tomarlo como algo personal. Finalmente, este drama terminó aburriéndome. Después de todo, ni siquiera se trataba de mi propia mente. Cuando ves con claridad tu propia fealdad, dejas de tener la necesitar de comportarte mal. Cuando dejé de intentar «ser bueno», pude realmente ser yo mismo.
¡La guerra con el universo había terminado!
Te invito a examinar las cloacas de tu mente. En el otro lado hay liberación!!



Alexis se encuentra en la Cuidad de México trabajando
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